Wednesday, July 18, 2007

Pequeñas celebridades del bien y el mal.

Por César E. Oropeza.

I
Durante muchos años me he dado a la tarea, primero como un ejercicio inconsciente y luego como una práctica más elaborada, de enumerar una lista de personalidades muy particular. Como suele suceder en las paredes de los baños públicos, en mi cabeza hay garabateados pequeños y obscenos retratos, a veces caricaturescos, a veces hiperrealistas, pero siempre precisos, de seres que por acciones muy bien delimitadas, son a mi manera de ver excelsos artífices del bien y el mal.
Más adelante me gustaría hacer referencia al más celebrado de estos personajes y al específicamente oscuro show que lo puso en el #1. Pero para hacer más sencilla la comprensión de lo que ha terminado por convertirse en mi hobby, primero, les explico austeramente las reglas que rigen en este juego mental que he llamado “Pequeñas celebridades del bien y el mal”.
Cuando digo que me he dedicado a enumerar gente buena y gente mala, no me refiero a los grandes héroes y villanos que frente a la mirada pública hacen gala de sus acciones. Amados u odiados por millones, estos dictadores o Lamas, estos santos u homicidas, no tienen cabida en mi pequeño museo de la beatitud y la infamia. Para empezar, si la evaluación de tus actos depende de las tendencias de moda o las fluctuaciones del mercado, simplemente no entras.
Para formar parte de mi lista, es preciso que tu bondad o maldad esté enmarcada en el más rígido de los anonimatos.
Los top ten manejados por el hombre común, en general se parecen demasiado los unos a los otros, o se basan en enumeraciones, si se quiere, más “institucionalizadas”. Es decir, los hombres más buscados por el FBI o los doce apóstoles de Cristo, son buenos ejemplos de los personajes que no tienen cabida en mi lista. Decir que el tipo más malo del mundo es Osama Bin Laden, es tan falto de gracia, por tantas razones al mismo tiempo, que significa una aberración para mi esquema mental. Si usted está pensando que en mi lista cabría la Madre Teresa de Calcuta, este es el momento de dejar de leer.
En mi lista sólo caben postulantes evaluados de primera mano. Es decir, los méritos para entrar se basan en mis propias anotaciones y no en impresiones expresadas por terceros. Ya hace mucho tiempo que dejé de prestar atención a las sugerencias de los amigos y familiares, a los que lamento haberles hablado de mi pasatiempo. Muchos de ellos comenzaron a actuar de manera muy extraña en mi presencia, por ejemplo, ofreciendo excesivas dádivas a pordioseros o inesperados puntapiés a indefensas mascotas. ¡Improvisados! Además, casi todos me salieron con sandeces como: “Tienes que conocer a mi suegra” o “Mi lista tendría de primero a Lex Luthor”. Lo que me remite al siguiente axioma: Lex Luthor no cabe en mi lista. Sé que es una regla demasiado específica, y que dados los parámetros anteriores sería imposible de aplicar, pero es mi maldito juego y lo juego con mis malditas reglas.
Para mí es completamente irrelevante si eres de los chicos buenos o eres de los chicos malos. Convives en la misma lista con ángeles y demonios, y estarás más arriba o más abajo en el ranking según la pureza de tus intenciones. Este punto es muy importante. Noté, ya después de varios años de tratar de definir criterios, que el atributo más importante en cualquier acto, benéfico o maligno, era la intencionalidad del gesto. Es ésta la chispa creadora que hace que el más pequeño emprendimiento, complete tus méritos para entrar al los cielos o al infierno.
Una cosa más: En caso de empate me defino por el estilo. Ya sea que hagas cosas buenas o cosas malas, para mí, es el sentido estético lo que define al verdadero artista.
II
Podría detenerme en elogios para aquel pobre tendero, que se casó con una gorda mujer por el bien de sus hijos (#38). O podría proferir algunos insultos para aquella gorda mujer, que se casó con un pobre tendero sólo para hacerle imposible la vida a sus hijos (#65). Lo crean o no, son dos parejas distintas. Los matrimonios entre pobres tenderos y gordas mujeres son más comunes en nuestras sociedades de lo que nos atrevemos a admitir.
Podría hablarles del aberrado aquel, que le pasaba la llave a la parte blanda de los DVD del video club local (#7) o contarles sobre el único asesino de la lista (#78).
También podría saludar desde estas líneas la bondad de aquella señora de la sastrería, que cuando yo era muy niño, y a veces ya siendo adulto, me dejaba, con elegante pudor y desvergonzada soltura, ponerle el ojo a las rosadas delicias del pezón femenino (#42 y #35, respectivamente). Pero no.
Creo que es de más efecto salir de las periferias y contarles sobre el personaje que ocupa, hoy aún después de varios años el sitial de honor en mi lista. Un puesto más que merecido, ya que su acción denota la genialidad de la inocencia, y se conjuga como un verbo que significa al mismo tiempo traición y venganza.
El #1 que escogí, por supuesto, pertenece al rubro de la maldad, y es que siento que el ser humano es bueno por definición. Por eso, no deja de sorprenderme ese talento que tienen algunos congéneres para llevarle la contraria a su propia naturaleza. No es de extrañarse que el extracto puro de la maldad encontrase un frasco de mujer. Lo que sí es extraño, es encontrarse con tanta maldad en una muy frecuentada casa de citas. Me explico: No se suceden en estos lugares súper fechorías. Por el contrario, estos sitios sólo sirven como marco a delitos tan mediocres como el amor que allí se vende.
Me gustan las putas. Pero más me gustan los burdeles. Los tragos adulterados y el humo de cigarrillo crean una cortina que le da a todo el conjunto un aura onírica. Si a esto le sumas que, en contra de todas las leyes que rigen el mundo exterior, son las mujeres las que ruegan llevarte a la cama, te das cuenta de por qué, a pesar de las muchas restricciones legales, los peligros sanitarios y la hipocresía puritana que impera, estos sitios siguen reproduciéndose como conejitos, prósperos y gorditos.
Ella me llamó la atención por sus ojos rasgados - Rusa, tal vez – pensé en el momento, pero no quise prestar atención a su charla y eso ayudó a que me quedara rápidamente embobado por su triste simpatía. Fui indulgente con sus facciones gastadas y no hice ningún comentario sobre lo paradójico que era encontrar “en cualquier parte” bailarinas “exóticas”.

Ella presentó a sus amigas con mis amigos: – Angie, Daisy, Scarlett …- Como si ser puta fuera derecho único de niñas anglosajonas. Fue al llegar a Ginger que noté que no había copiado el nombre de Ella. Se lo pregunté. Me lo dijo, y como de milagro, una noche cualquiera prometió hacerse recordar.
-Me llamo Carlena – susurró con un acento que casi pude identificar.
-Rusa no es – pensé -. Había algo que evidentemente no cuadraba y como preámbulo a la diversión me tomé unos segundos para desenredar la lengua. A pesar de ello, después de un de sorbo de vodka, no pude evitar decirle:
- ¡Carlena, no es nombre de puta!-. Ella sonrío. Estaba acostumbrada a ver a hombres de mi nivel, reducidos por el alcohol a tipos de esa calaña. - ¿Usas tu nombre verdadero para trabajar? – terminé por preguntar.
-No - Dijo ella divertida- Carlena es mi nombre artístico.
Seguramente mi rostro le hizo partícipe de mi desagrado, porque sin yo decir una palabra me contestó:
-Mi verdadero nombre es Marie.- Y como si hubiese hecho falta, aclaró – Significa María en francés.
- Dime entonces, María en francés, ¿Por qué teniendo un nombre tan hermoso… - y habiendo tantos nombres de Cocker Spaniel para copiar- … Escogiste Carlena como nombre artístico?
-Esa información te va a costar. – Dijo.
III
Seducido por la curiosidad y seguro de obtener lo que estaba buscando, hablé con el maître d', que muy aguzado en el arte de entender los balbuceos de esas horas, gustosamente nos llevó a la habitación: Un lugar oscuro e incómodo más parecido a un closet que a una pieza de hotel.
Cobró por adelantado, y haciendo uso del que es un derecho inalienable de las ficheras, guardo el dinero en su seno. Luego de encender un cigarrillo, de la manera más somera, como se hacen las cosas en estos armarios del amor, me contó su historia, que como la mayoría de las comedias urbanas, comenzaba con una tragedia rural.
- Vivíamos en casa de mi abuela, en un pueblito al sur del lago. Éramos una familia grande pero, como se hacía antes, mi abuela recogió una muchacha casi de mi edad. Su familia no podía mantenerla. Nos criamos juntas y nos queríamos mucho, en el pueblo todos creían que Ella era una metida de pata de mi papá. Como mi familia no tenía dinero para mandarnos a las dos a la escuela, y yo era la mayor, por las mañanas era alumna en el colegio y por las tardes era maestra en la casa. Al principio no me gustaba, pero rápido le agarré el gusto a hacer de su maestrica.- Terminó de decir todo esto, antes de botar por la nariz el humo de la primera calada de cigarrillo.
-¿Los preservativos son aparte verdad?- Pregunté tratando de desabotonar mis pantalones.
-Sí – dijo ella sin detenerse y sin desvestirse - Ya un poquito más grandes, sentimos que en aquel pueblo no había nada que buscar. Sin siquiera terminar el bachillerato y a pesar de las protestas de mis tías, mi mamá y mi abuela decidimos mudarnos a la capital y probar suerte.
-Claro – Le dije sobando seductoramente el gastado tejido de las sábanas.
-Éramos unas niñas, y por miedo a regresar sin lo que habíamos venido a buscar, o tal vez miedo a la abuela, nunca más volvimos al pueblito, ni vimos más a la familia. Bueno, yo era muy enamoradiza y mi amiga siempre me regañaba, por eso, cuando después de muchos cabezazos, de verdad me enamoré de un hombre, ella pensó que era otra de mis niñadas. ¿Sabes? Las cosas no siempre salen como uno cree que van a salir.
-Sí, tienes razón- Dije sentado al borde de la cama mientras me preguntaba, si era de buena educación terminar de quitarme los interiores antes de que ella terminara de contarme su historia.
-Para hacer un cuento largo, corto… – Dijo apurando el paso, seguramente porque sólo teníamos media hora para estar en aquel hueco-… Ella terminó por acostarse con el hombre. Con el hombre que yo amaba. Eso fue hace bastante tiempo. Tienen dos niñitas. Creo que se casaron. Yo terminé en esto.
Como creí que ella no se estaba explicando, o que en mis tragos se había diluido algún detalle clave, le pregunté – ¿Y todo eso que tiene que ver con tu nombre?
-Ella, mi amiga, se llama Carlena.
Me tomó unos segundos digerir lo que estaba diciendo. Con una mirada muy triste, pero sonriendo, se alejó hacia la pesada cortina que nos separaba del exterior. Antes irse dijo:
- Seguro que la familia pregunta a los que viajan mucho, si en la capital no conocieron a Carlena… ¿Sabes lo que ellos contestan?
IV
En el corpiño de aquella mujer se fueron mis deseos carnales insatisfechos y los últimos restos de mi humilde mesada de estudiante, pero salí de aquel lugar sabiendo que no hubiese habido mejor forma en este mundo de gastar ese dinero. No todos los días se encuentra uno frente a frente y en solitario con algo tan verdadero. Con el #1.
Maldad verdadera o bondad verdadera. No importa. Lo que sí importa es saber que por allí andan y que, ya sea que las busques o no, con un poco de suerte podrías encontrarte con una de estas celebridades, que si bien son menores, vale la pena conocer.

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